© Jorge Oteiza, VEGAP, Pamplona, 2015

Características técnicas

Mármol de travertino

Pieza única

Firmado y fechado abajo en el lateral derecho: OTEITZA 56

Medidas: 45 x 19 x 17 cm.

Jorge Oteiza, Búho, 1955-1956

Esta figura hierática de piedra con forma de idolillo arcaico representa con Sólido abierto con módulos de luz uno de los mejores ejemplos del primer periodo del Propósito Experimental que Jorge Oteiza desarrolló magistralmente entre 1950 a 1959. La forma de aspecto totémico recuerda así mismo a los mojones de piedra que en el País Vasco se encuentran dispersos por el paisaje, y que le inspiraron tanto a Oteiza en su trabajo. Su pasión por las formas de la estatuaria precolombina que investigó años atrás en Sudamérica, y los restos arqueológicos de su tierra como cromlechs y otros yacimientos neolíticos, inspiraron sin duda tanto a esta pieza como a todo el programa metafísico y conceptual de su proyecto experimental de los años cincuenta.

Las piedras con orificios de este periodo de 1954 a 1956 fueron denominadas por Oteiza como condensadoras de luz. Generalmente estaban compuestas por formaciones hiperbólicas: conjuntos espaciales de formas cóncavas y convexas, que enlazadas y superpuestas verticalmente formaban lo que Margit Rowell ha explicado como "unidades positivas/negativas que expresaban permanencia y cambio"[1]. Esta combinación de polos opuestos procedía tanto de ensayos con formas artísticas en su laboratorio experimental de maquetas como en una serie de teorías científicas procedentes de la matemática, la geometría y la física nuclear, que el artista dominaba, siendo así su proceso creativo una de las fusiones más acertadas entre ciencia y arte que pueden encontrarse en las artes plásticas del siglo XX.

En el caso concreto de esta figura, la forma erguida de huso difiere sin embargo de otros hiperboloides de aquellos años estructurados habitualmente en tres unidades volumétricas. Su forma frontal del volumen por cada uno de los lados, es de trapecio invertido, geometría que utilizó el constructivista ruso Kazimir Malevich en sus pinturas suprematistas. Oteiza admiraba mucho este modelo geométrico plano por su cualidad de tener cuatro lados en los que nunca coincidían dos lados paralelos.  Esta inestabilidad de la forma le permitía a Oteiza sugerir al mismo tiempo en su estructura la citada peculiariedad conceptual tanto de la permanencia como del cambio y todo un "generador universal de formas entrelazadas"[1].

Por otro lado, los orificios horadados en diferentes tamaños, que a lo largo del volumen de la escultura parecen iluminar la forma pétrea desde su interior, vivifican la masa por medio de su desmaterialización. La peculiar textura del mármol de travertino, con su superficie lisa y accidentalmente agrietada, refuerzan esa liberación de la luz del bloque sólido. El interés de Oteiza por el hueco y el vacío, no era sólo de tipo formal sino también espiritual, reduciendo los contornos naturales de la piedra y perforando su interior, para, en palabras de Margit Rowell, "liberar la luz del espíritu del interior del bloque sólido"[2].

Kristian Leahy


[1] Margit ROWELL. Oteiza. Mito y Modernidad. SEACEX 2005, p. 35

[1] Id., p. 37

[2] Id.