© Sucesión Pablo Picasso. VEGAP, Pamplona, 2015

Picasso, Mousquetaire, Tête, 1967

El caballero del moustache en la frente (casi)

Picasso se hizo enterrar envuelto en su  capa española. La manda testamentaria la cumplió un republicano de Madrid, de oficio barbero, con el que Picasso iba a ver morir toros en Antibes y al que nombró su albacea. Era un acto simbólico, el último antes de que cayera definitivamente el telón al concluir la tragedia, o la comedia, de su vida.

A él  le gustaba mucho ese personaje, el caballero español al viejo estilo, que había sido retratado por El Greco con la mano sobre el pecho o el que asistía al duelo por el Conde de Orgaz. En uno de sus primeros autorretratos (1898, Museo Picasso de Barcelona), se caracterizó como uno de esos hijosdalgo toledanos, de barba chiva y mirada entre vidriosa y espiritual. Lo cual era una excentricidad para aquel tiempo, cuando Domenikos Theotocopoulos estaba expulsado del Olimpo de los grandes pintores nacionales (Velázquez, Murillo, El Españoleto). Pero a Picasso le gustaba ponerse al margen de las convenciones. Siempre lo hizo: en Francia, actuaba como un español al que gustan los toros y pintar personajes con gorguera; y en España, dejaba claro que él le tocaba medirse con los grandes representantes del genio francés.

La primera obra española que quiso versionar Picasso fue la que Theotocopoulos hizo de su hijo Jorge Manuel, retratándole como caballero engorgado, paleta en mano (Museo de Bellas Artes de Sevilla). Al mismo Sabartés, que era un barcelonés en toda regla y con el que el pintor consensuaba en catalán el precio de sus telas, cuando el comparador estaba cerca, lo retrató también con su gorguera y sus buenos quevedos ajustados a la nariz (Museo Picasso de Barcelona). El negro de los elegantes trajes y capas de los emperadores y nobles españoles, el negro de la capa con que Picasso se hizo enterrar contrastaba muy bien con la palidez de los rostros nobles y la de los muertos, con el blanco de las grandes gorgueras à la mode en la corte de los Habsburgos. Los grandes del Barroco español habían obtenido importantes resultados plásticos de ese contraste de color y forma que facilitaban las gorgueras, y Picasso hizo lo propio cuando todo el mundo le consideraba un incuestionable  pintor francés.

Así lo hizo también en el retrato de caballero de nuestra colección (Tête, 1967). Se trata de uno de esas figuras españolas, cada vez más frecuentes en los lienzos de su última época. Caballeros dibujados o pintados, con espada o sin ella; caballeros esbeltos o enanos, fumadores o enamorados; caballeros en burdeles o sesteando en la floresta, a campo abierto; caballeros vestidos de negro o animados por fulgurante color: hubo muchos caballeros en los años finales del pintor, antes de que su albacea lo envolviera piadosamente en su capa negra.

El de nuestra colección es uno de las representaciones más sobrias de esa caballerosidad. Como en otras figuras de esa misma época, Picasso aplana brutalmente los elementos volumétricos del rostro. Todos están ahí: los ojos y las cejas, los pabellones auriculares, el moustache y la mosca bajo los labios, la gorguera. Pero los que configuran la forma de la cabeza, limitado por abundante caballera, son manifiestamente planos y frontales; mientras que los elementos que habrían de mostrarse de frente y alineados en esa perspectiva —los ojos, las cejas, los labios— lo hacen configurando un perfil que, además, es bifocal. Hay no obstante un eje central de gravedad, al que van a confluir esos elementos y en el que todos quedan anclados, para que el busto se sostenga, como un hábil saltimbanqui, en equilibrio.

Detalle importante es que la figura haya sido pintada sobre tabla de madera. Esto ya lo había hecho Picasso en su versión del hijo del Greco, retratado como pintor. Tenía entonces una razón "naturalista" para hacerlo así, pues la forma correspondiente a la paleta no se mostraría allí sólo "color" madera, sino que realmente sería "de" madera. En nuestro retrato, la madera proporciona una gran planitud a la representación, mayor que si la superficie fuera la de una tela; y siendo tan oscura, contribuye también a la impresión global de austeridad del retrato. Este caballero español tiene algo de asceta, de zurbaranesco. Tal vez por eso le gustara a María Josefa. Y es imposible que Picasso no sintiera de vez en cuando con tristeza su final cada vez más próximo. Y por eso pintaba personajes como éste, al tiempo que se daba cada vez más prisa en trabajar con gestos más rápidos y eficaces, que le permitieran ser sorprendido por las Parcas, paleta en mano.

Nuestro caballero, siendo una figura de rasgos dislocados es, en su conjunto, equilibrada y serena. Como los antiguos faraones o los emperadores romanos, Picasso podría haberlo elegido para que le acompañara en su último viaje. Y si no lo hiciera, tal vez fue por que al barbero de Madrid se le olvidó envolverlo en una capa española, que le mantuviera calentito en su larga travesía por la húmeda tierra.

Rafael Llano