Características técnicas

Óleo sobre lienzo

Medidas: 222 x 166 cm.

Pablo Palazuelo, El número y las aguas, 1978

El Número y las Aguas I es la primera de una serie de pinturas comenzada en 1978 y continuada intermitentemente hasta bien entrados los años noventa en diferentes colores y estructuras de composición. Su gran espacio blanco rectangular acoge una lluvia de signos geométricos a modo de claves digitales o notas musicales que flotan simétricamente y se complementan entre sí con armonía y orden. Para Palazuelo, como bien ha explicado Javier Maderuelo, la belleza nacía de los números ya que por medio de estos podemos representar armonías, proporciones, series, combinaciones y relaciones[1]. Unos años antes de terminar este cuadro, en 1976, Palazuelo le manifestaba a un crítico de arte que en su trabajo, el número era el verdadero principio formal. En otra ocasión expresó: "Las matemáticas son el lenguaje de la naturaleza, y si no se habla ese lenguaje no se podrá apreciar su misteriosa belleza"[2]. Fue ya en 1953 cuando Palazuelo empezó a interesase por la numerología y otras ciencias ocultas, que investigaba para aplicarlas a sus intereses plásticos: "Todas mis obras desde el 53 están conscientemente relacionadas con el número, proceden de él"[3].

La plasticidad poética que emana de la equilibrada composición de El Número y las Aguas I, contrasta con un rigor casi mecánico que transfigura a esta pintura en un espacio mental y musical, como una partitura de signos indescifrables o un plano arquitectónico.

Existe un escrito de Palazuelo referido a este mismo cuadro titulado: El Número y las Aguas (Partitura Musical), que conviene reproducir en su totalidad: "La vida orgánica –la vida nuestra- ha comenzado entre las aguas. La contemplación de las aguas suscita la imagen del espacio ilimitado, de un espacio primordial que se despliega en el momento en que el número innato entra en acción pasando de potencial al acto.

El número se manifiesta, pues, conjuntamente con el espacio; el número se transforma moviéndose, y su movimiento engendra las configuraciones dimensionales que preceden a toda forma. El espacio así imaginado y pensado es un "espacio viviente", matriz fecunda de todos los signos, de todos los ritmos y de todas las formas. Es el lugar de un continuo nacer, de todas las posibilidades y diferencias.

La imagen dibujada es un conjunto autónomo de signos que tiene su propia dinámica interna, regida por una coherencia global y significante,  y que constituye un sistema que posee su propia semiología. La obra dibujada y así estructurada es un organismo, una configuración "viviente", puesto que contiene en potencia la capacidad de admitir una intervención exterior –una manipulación-, la cual puede activar su dinamismo interno a fin de que éste desarrolle los procesos de la transformación continua, de sus metamorfosis. Se trata, pues, de un "vivir" de las formas fecundas, puesto que el desarrollo de sus transformaciones implica la generación de "lineajes" y de familias de formas. El sistema de signos dibujados deviene entonces el vehículo y, al mismo tiempo, el instrumento adecuado para el tratamiento de la información.

La partitura de El Número y las Aguas es una estructura, un dibujo geométrico continuo y concebido como un "sistema abierto". Este "cuerpo geométrico" engloba en su unidad una multiplicidad perceptible. Desde el instante de su aprehensión, esta multiplicidad sugiere las modalidades de su transformación, que deberán ser respetadas por toda intervención exterior. Si la manipulación no se conforma y no se integra con el dinamismo coherente y general de la estructura, le será imposible activar en ella las diferentes posibilidades de su "vitalidad latente"[4].

El complejo mecanismo interior de esta pintura parte de la huella que dejaron en Palazuelo las ideas sobre transmutación y unificación de la alquimia de su admirado Carl Gustav Jung. A modo de críptico laberinto, en el cuadro se contempla un compendio o catálogo limitado de estructuras que se ordenan y relacionan en el interior blanco del que gravitan. Los entrelazamientos se desarrollan en una proporción entre el todo y los elementos mínimos que la componen, pese a lo casual de sus estructuras. Los grafismos o quebrados de color rojo también recuerdan a las estructuras de los jardines de setos que Palazuelo trabajaba en su finca de La Peraleda, como algunas fotografías de los sesenta revelan. Una estructura que, al fin y al cabo, procede de su fascinación por la belleza de las composiciones matemáticas y geométricas que la numerología le inspiraba, y que materializará en esculturas de acero entrelazadas como las de la serie posterior Paisaje de 1996. De este rigor científico y plástico de aspecto críptico pero de gran belleza, surgen imágenes como la de este cuadro donde desaparece la pretenciosidad o grandilocuencia de la abstracción de autor, de gesto y huella, para quedar todo magistralmente sencillo y equilibrado, mostrando ese orden armónico de lo absoluto escondido en las irregularidades de la existencia material en la que vivimos y pensamos, como una música perfecta.

Kristian Leahy


[1] Javier MADERUELO. Pablo Palazuelo. El Plano Expandido. Banca March 2010, p. 80

[2] Ibíd., recogido de Pablo PALAZUELO. Interrogaciones a un artista: Pablo Palazuelo"

[3] Ibíd.

[4] Pablo PALAZUELO (et al.). Palazuelo. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid 1995, p. 21