© Commisió Tàpies, VEGAP, Pamplona, 2015

Características técnicas

Óleo, polvo de mármol, aglutinante y pigmentos sobre tabla

Firmado al dorso: Tàpies.

Medidas: 200 x 275,3 x 4,5 cm.

Procedencia:

-Galerie Maeght, París (etiqueta al dorso)

Antoni Tàpies, L'Esperit Català (El Espíritu Catalán), 1971

La obra pictórica del catalán Antoni Tàpies (1923) se origina en el contexto histórico del Informalismo de los años cincuenta, basada en la recreación de la materia bajo signos mínimos de expresión, la traslación de la energía vital del artista a la superficie pictórica y la idea de que las texturas y formas pueden causar un número infinito de efectos emocionales. En este cuadro "El Espíritu Catalán", las barras de color rojo sobre fondo amarillo muestran un compromiso político del artista, un grito de amor profundo a su tierra, revelando la imagen de un muro como espacio lacerado de cicatrices humanas del tiempo y espejo gráfico de unas ansias de libertad. Sobre un fondo denso de tonalidad amarilla, surcado por las cuatro barras de color sangre que remiten a la leyenda épica de Wifredo el Velloso que originó la señera, el artista expresa fervorosamente todo un manifiesto de esperanza por medio de un palimpsesto de grafismos que arañan la superficie del cuadro. Palabras  como "democracia", "verdad", "espiritualidad", "cultura" o "Visca Catalunya", expresan signos de libertad arrebatados durante los años de la posguerra por motivos políticos. Esta idea de muro con incisiones ha sido un elemento recurrente en la obra de Tàpies: ya desde 1945 mis obras tenían algo que ver con los grafitti de la calle y con todo mi mundo de protesta reprimida, clandestina, pero llena de vida[1].

Para Tàpies, el muro tenía un poder evocador muy fuerte, como él mismo lo expresó en cierta ocasión: "Son recuerdos que vienen de mi adolescencia y de mi primera juventud encerrada entre los muros en que viví las guerras. Todo el drama que sufrían los adultos y todas las crueles fantasías de una edad que, en medio de tantas catástrofes, parecía abandonada a sus propios impulsos, se dibujaban y quedaban, inscritos a mi alrededor. Todos los muros de una ciudad, que por tradición familiar me parecía tan mía, fueron testigos de todos los martirios y de todos los retrasos inhumanos que eran inflingidos a nuestro pueblo"[2].

Pero el muro le ofrecía al pintor también un sentido evocador y estético, a raíz de su profundo interés por la filosofía oriental de autores como Bodidarama, el fundador del Zen, cuya obra precisamente se titula "Contemplación del Muro en el Mahayana". Las estrías, surcos y alteraciones naturales de las arenas rastrilladas y las piedras de los jardines Zen siempre admiraron a Tàpies, que trató de recrearlas en su trabajo como esencias de la naturaleza y del espíritu humano. Al mismo tiempo, al pintor siempre le interesaron  los vulgares grafittis, que Brassaï retrató con su camara fotográfica desde los años treinta.

La gran tabla El Espíritu Catalán, de medidas 200 x 275 cm., está considerada como una de las grandes obras maestras de Tàpies y, a lo largo de los años, ha sido cedida temporalmente para formar parte de varias retrospectivas como las celebradas en 1980 en el Museo Español de Arte Contemporáneo, en la Serpentine Gallery de Londres en 1992 o en la exposición antológica del MACBA, Museu d'Art Contemporani de Barcelona en 2004. Tàpies llegó a realizar muy pocas variaciones sobre este tema, destacando la obra Cuatro Barras(1972), que forma parte de la colección del University Art Museum de Berkeley, California, o los cuadros todavía en colección particular: Inscripciones y Cuatro Barras sobre Arpillera y Pergamino con Cuatro Impresiones de Dedos, ambos de 1971. En el primero de ellos Tàpies trasladó el fenómeno pictórico de "El Espíritu Catalán" a un tapiz con la colaboración del artesano Josep Royo, y los otros dos fueron creados respectivamente bajo una austera estética póvera por medio de cuerdas y sobre un soporte de pergamino antiguo.

El Espíritu Catalán representa un muro simbólico y universal de división pero también de paradójica unidad, por ese común sentimiento de un pueblo histórico, reflejo de una esperanza al otro lado, en ese más allá oculto e invisible por el muro que nos separa de lo que ansiamos y que una vez derribado nos salvará.

Kristian Leahy


[1] Roland PENROSE. Tàpies. Polígrafa, Barcelona 1977, p. 59

[2] Antoni TÀPIES. Comunicació sobre el Mur. p. 48, nota 2.